martes 25 de agosto de 2009

Con todo.


Me quedo con las tapas de vater que se caen y las moquetas con manchas. Me quedo con mujeres perdidas en el metro y con multas extrañas. Me quedo con las pizzas con queso y sin él, con el calor, con las playas con bichos como caballos y con los pies doloridos. Me quedo con las maletas rotas y con las caminatas accidentales por barrios extraños. Me quedo con fuentes que nos hacen caso y con duchas locas. Me quedo con todo. Me quedo contigo.


martes 28 de julio de 2009

Tengo un duende que me mira.


Tengo ganas de existir viviendo.
Tengo una habitación de hotel en Lisboa.

Tengo una ventana a la que asomarme desnuda.
Tengo ganas de dormir para soñar.

Tengo libros con los que mi mente baila.

Tengo música con la que mi cuerpo le sigue el ritmo.
Tengo un sol que me hace cosquillas.

Tengo una luna que me devuelve las lágrimas.

Tengo fuerza para enfrentarme a mis miedos.
Tengo un montón de recuerdos turcos.
Tengo capacidad para seguir creciendo.

Tengo miedo a los cumpleaños.
Tengo sonrisas y besos para desarmarte.
Tengo ganas de cambiar el mundo.
Tengo fuerzas para hacerlo.

Tengo millones de deseos.
Tengo tus abrazos.

Tengo
ganas de crear palabras.

lunes 27 de julio de 2009

Un pedacito turco.



Musra tiene nueve años y una preciosa sonrisa. Vive en un barrio de las afueras de Afyonkarahisar, en la región de Anatolia, Turquía. Su familia, sin ser rica, vive confortablemente sin necesidad de lujos.

Su hermano, Ali, tiene cinco años y unas ganas de vivir contagiosas.

Sus padres hacen un té magnifico al que convidan a todo el que quiera, acompañándolo siempre de amabilidad y sonrisas, además de azúcar, claro.

Musra va por las mañanas a un colegio donde aprende árabe y el Corán. Es para lo único que utiliza pañuelo, al llegar a casa se lo quita, y sale a la calle a jugar.

Ali también irá a un colegio a aprender el Corán, pero no será el mismo que el de su hermana, por supuesto estarán separados por sexos. Creo que debe ser una parte del aprendizaje: las mujeres y los hombres no son iguales.



A Musra le encanta jugar y estar con nosotros. Habla conmigo sin parar, aun sabiendo que no le entiendo. No nos importa, se aprendió mi nombre sólo con decírselo una vez y yo no olvidaré su sonrisa.

En casa de Musra y Ali has de entrar descalzo, por educación. No es grande y los mueblos son algo escasos y antiguos, pero está limpia y ordenada, la madre de Musra se encarga de ello, pasando practicamente desapercibida.

Su padre es extraordinariamente cariñoso con ellos. En realidad, esto predomina en Turquía. Besan y abrazan a sus hijos por doquier.

En el jardín tienen un pequeño huerto, árboles frutales y una bomba de agua de las que se accionan a mano. Nos ofrecen cerezas y agua fresquita.

Musra me sujeta la mano, sonríe y habla con una dulce voz que no entiendo. Jugamos con unas piedras a un juego que he aprendido alli, nos lo enseñaron los coreanos. Ella gana siempre, yo soy malísima.


Me toca el pelo y me hace trenzas. Tiene un bonito pelo castaño, tan fino que las que le intento hacer yo se deshacen a falta de una goma. Viendo a su madre, entiendo que Musra deberá cubrírselo cuando se haga mujer.

Hoy sabe que tras casi dos semanas, no vamos a vernos más, sabe que nos vamos. Señala mi cámara y después a nosotras dos. Nos hacemos fotos.

viernes 10 de abril de 2009

Desarraigo.

Él también quería sentirse en casa. Nunca había entendido el Home, sweet home.

En tierra de nadie, ahí le colocaron, sin comerlo ni beberlo. ¿Explicaciones? Asi son las cosas.

Todo cambia a su alrededor, es incapaz de reaccionar a tiempo. El mundo suele llevar ventaja y es imposible seguirle el ritmo. Correr más rápido cansa demasiado.

Se dedicó a volar. Como tu imaginación. Volaba dejando el corazón en tierra. En las alturas no es necesario sentir, ni sufrir, ni amar.

Intentó explicártelo, te limitaste a asentir.


Voló y voló. Se perdió por ahí y aún no ha vuelto. ¿Para qué? La tierra es de nadie, el cielo suyo.

sábado 4 de abril de 2009


Tú pensabas que se sentía sola, no sabías que sencillamente, no se sentía.

Siempre me contaba que cuando el aire se te pudre, no sirve de nada abrir las ventanas de golpe, es imposible ventilarte.


No vale la pena beber hasta estar borracha, todo te sabe igual. La nevera está llena ¿y qué?

Intentó explicarme más de una vez esa sensación, ese sabor, ese olor.

El aire se te pudre y no hay solución alguna. No puedes comprenderlo, suspiraba.


La vida sigue, le decían... ¿y qué?

miércoles 18 de marzo de 2009

Desfibrilemos el mundo.



El corazón, para lograr bombear sangre hacia todo el cuerpo, necesita que sus áreas se contraigan de manera ordenada y sincronizada. Las aurículas (cámaras superiores) se contraen primero, haciendo pasar la sangre hacia los ventrículos (cámaras inferiores) que se contraen a continuación.

Pues bien, durante una fibrilación ventricular los ventrículos y las aurículas se contraen independientemente unos de otros e incluso dentro de los ventrículos unas zonas se contraen mientras otras se están relajando, de manera totalmente desorganizada. Con esto, lo único que se consigue es un ritmo cardiaco rápido, irregular y caótico, que sin embargo no consigue bombear correctamente la sangre, no se logra un gasto cardiaco eficiente.

Para que nos entendamos, es como si para hacer avanzar una barca, remamos cada uno en una dirección. Por mucho esfuerzo que hagamos, por mucho que rememos la barca no avanzará.

Si no se pone tratamiento, el corazón finalmente se parará y la persona morirá.


Peeeeero... para eso existen los desfibriladores. Si, son esos aparatos que salen en las películas, con dos palas que dan una descarga eléctrica al paciente en el pecho y le hacen votar hacia arriba.

Lo que hace es precisamente eso, un choque de corriente continua sobre el corazón que provoca la despolarización simultánea de las células miocárdicas, que provocan una pausa para la repolarización y si ha tenido éxito, el corazón retoma el ritmo cardiaco normal, primero en las aurículas y posteriormente en los ventrículos. Como una llamada de atención: "¡Eh! ¡Rememos todos en la misma dirección, centrémonos!".



Desfibrilemos el mundo, entonces.

No puede ser que vaya tan mal. No son normales estas locuras, estas injusticias, este... mundo. No es lógico que vaya así.

Es necesaria una descarga eléctrica, o algo. Es imprescindible que algo nos haga parar un instante, nos centremos, nos echemos un poquito de agua fría en la cara y empecemos a andar todos en la misma dirección, que ya es hora de que el mundo vaya mejor. Ya es hora de que dejemos de decir que lo que tiene que cambiar es la sociedad. Que la sociedad somos nosotros, joder. Estamos fibrilando, y si no le ponemos remedio, el mundo se parará. Es inevitable.

lunes 23 de febrero de 2009

Un pedacito.

Salgo del hospital, de las prácticas, y llego a la parada del bus. Alli está sentada una chica de unos 25 o 26 años, guapísima, gitana. Está embarazada y se tapa la cara con una mano. Incapaz de parar quieta se queja, muy bajito.

Me inclino hacia ella: "¿Estás bien?"

Levanta la mirada y me sonríe: "Ay, mi niña, es que es me duele mucho la muela y no me la pueden sacar, por el embarazo..."

Además, no se atreve a tomar nada para el dolor, por si le hace daño al niño y aunque el médico le ha mandado unas pastillas, no se fía.

Comenzamos a hablar de todo un poco. Le cuento, entre otras cosas, que soy de Badajoz y que estoy aqui estudiando enfermería.

Le brillan los ojos y me toca la mano: "Pero, ¿cuántos años tienes?"

"19"

"¡Qué joven!" Lo dice bajito, con una mezcla de envidia sana e ilusión en la cara.

"Pero, y ¿cuántos años tienes tú?"

"18..." ¿Sólo 18? Aparenta muchos más.

"¡Anda! ¡Y soy yo la joven...!"

Antes de terminar de hablar ya lo he comprendido, pero ella me lo explica de todos modos: "Ya, pero tú vas a ser enfermera.. Y tan joven..."

Y más cosas que no dice, pero las entiendo igual. Ella lo que tiene es un embarazo y 18 años. Ella nunca será enfermera y, por un momento, duda de si el camino que eligió es el que más feliz le va a hacer.

Se levanta, me agarra la mano y con una gran sonrisa, me dice que se tiene que ir: "Cuídate mucho, mi niña, ¿si?".

Me dan ganas de abrazarle. Un coche con quienes supongo serán sus padres para delante. Le aprieto la mano con fuerza, intentando transmitirle lo que pienso y siento, le sonrío... Y se va.
 
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